El padre Ferapont y la teología política de Andrés Manuel

Una reflexión sobre el discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador
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“- ¿Por qué he venido? ¿Esto me preguntas? ¿Qué te figuras? – gritó el padre Ferapont como un poseso. He venido a expulsar a vuestros huéspedes, a los sucios demonios. Quiero ver si habéis recogido muchos en ausencia mía. Quiero barrerlos a todos con una escoba de abedul”.

 Los hermanos Karamazov

Fiódor Dostoyevski

Cuando a principios del siglo XX Carl Schmitt escribió su Teología Política, una de las cosas que tenía en mente fue entender cómo ciertos conceptos, argumentos y formas de razonar jurídicas y políticas tenían una herencia teológica importante. Esto implicaba que, aunque muchas de estas ideas parecían haber sido objeto de grandes procesos de secularización (por ejemplo, palabras como Soberanía, Legitimidad o Estado), se podía seguir observando el peso de la metafísica y el dogmatismo en su contenido.

Sin importar la narrativa concreta que se contara, para este autor alemán era claro que, si se aplicaba una sociología radical a los conceptos de diferentes doctrinas y filosofías, entonces era posible vislumbrar cómo la ficción secular sobre el orden político y social se construía siguiendo una lógica muy similar a la de la ficción religiosa. En ese sentido, desde que apareció la Teología Política, esta noción ya no necesita entenderse como el estudio y justificación de la organización social que deriva del poder absoluto de Dios, sino como la forma en que los conceptos – sean religiosos o laicos – se politizan para articular dogmas sobre el estado y devenir de la sociedad.

“La imagen metafísica que de su mundo se forja una época determinada tiene la misma estructura que la forma de la organización política que esa época tiene por evidente”, dice Schmitt en el citado libro.

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Quiero recuperar esta idea para hacer una reflexión sobre lo que ha caracterizado al discurso del presidente López Obrador. En mayor medida, porque en muchos de sus elementos resuena lo dicho por Schmitt: para el teólogo político sus dogmas son realidades, a partir de ellos cuenta una epopeya donde amigos y enemigos combaten y, sobre esas bases, establece los supuestos para la toma política de decisiones vinculantes.

Pensemos, por ejemplo, en la forma como Obrador define al modelo neoliberal. En general, casi nunca lo describe como una corriente o tipo de orientación hacia la política económica con elementos particulares, sino que apela a las consecuencias que él le atribuye a la aplicación de dicho modelo: corrupción, desigualdad, inseguridad, pobreza, etcétera. No hace una descripción fiel de la categoría, porque en realidad no quiere desarticular los límites y alcances de sus postulados, sino que la usa para establecer un lapso histórico dentro de su épica, y desde ahí marcar el punto de quiebre: la ‘Cuarta Transformación’. El periodo neoliberal le es de utilidad para clasificar a su enemigo político.

“El enemigo no es, pues, el competidor o el opositor en general. Tampoco es enemigo un adversario privado al cual se odia por motivos emocionales de antipatía. “Enemigo” es sólo un conjunto de personas que, por lo menos de un modo eventual — esto es: de acuerdo con las posibilidades reales — puede combatir a un conjunto idéntico que se le opone. Enemigo es solamente el enemigo público, porque lo que se relaciona con un conjunto semejante de personas — y en especial con todo un pueblo — se vuelve público por la misma relación”, explica Schmitt en otra de sus más importantes obras, El concepto de lo político.

En esa clasificación, resalta el esfuerzo con el que López Obrador intenta darle un aura moral a su gobierno. Más allá de que se pueda justificar que la “moral” aparezca en sus exclamaciones por su valía retórica en la comunicación política, es innegable que el llamado a valores (morales) es más que sólo un recurso persuasivo. La “honestidad” es el mejor ejemplo de ello. Para él, parecen ser más confiables las virtudes y atributos personales que las capacidades institucionales. Es preferible referir a la “reserva de valores culturales, morales y espirituales” con los que dota al “pueblo” de México, que construir aparatos para que el Estado pueda observarse y vigilarse a sí mismo (los famosos pesos y contrapesos).

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Así como éstos, se pueden poner otros ejemplos. En una buena parte de ellos, se percibe como si Obrador quisiera reducir la complejidad social a través de un proyecto moral integrador. Por tal motivo, no suena rara la aspiración a construir un Estado que tenga la “autoridad moral” para ser rector de todo lo relacionado con la vida pública. En muchas ocasiones, la teología política de Obrador suena al misticismo ideológico del movimiento revolucionario que logró triunfar (aunque realmente no hubiera acontecido ninguna revolución); habla como si hubiera consolidado el primer paso de su utopismo.

Pero no se me malentienda, el problema no es el pensamiento utópico. Toda posibilidad de cambio y variación política y social necesita de algún grado de anclaje con un futuro prometedor. Sin embargo, no se puede obviar la enseñanza de otro alemán sobre este tema:

“Un estado de espíritu es utópico cuando resulta incongruente con el estado real dentro del cual ocurre. La incongruencia es siempre evidente por el hecho de que semejante estado de espíritu, en la experiencia, en el pensamiento y en la práctica, se orienta hacia objetos que no existen en una situación real. Sin embargo, no deberíamos considerar como utópico cualquier estado de espíritu que es incongruente con la inmediata situación y la trasciende (y, en ese sentido, se “aparta de la realidad”). Sólo se designarán con el nombre de utopías, aquellas orientaciones que trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica, tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época”, señala Karl Mannheim, en su libro Ideología y Utopía.

Por eso, con todo el pensamiento utópico que llega a materializarse, se esté de acuerdo con él o no, siempre queda la expectativa de que la “destrucción” que se hace del estado de cosas existentes, venga acompañada de la construcción de un sustituto funcional. Sin embargo, me queda la impresión de que Obrador es más como el padre Ferapont en Los hermanos Karamazov: es el único capaz de ver y exorcizar a los demonios que habitan el mundo circundante, se asume como el vocero de un poder superior, profesa un ascetismo que considera unívocamente correcto y acusa de corruptos, orgullosos y soberbios a quienes adoptan un estilo de vida diferente.

Carlos Camp
Sociólogo

Fuentes:

-Schmitt, Carl (2009). Teología política, editorial Trotta.

-Schmitt, Carl (1992). El concepto de lo político, editorial Petrópolis: Vozes.

-Mannheim, Karl (2004). Ideología y utopía: introducción a la sociología del conocimiento, editorial Fondo de Cultura Económica.

-Dostoyevski, Fiódor (2013). Los hermanos Karamazov, Editorial Cátedra.