¿Era de la Posverdad o Modernidad Radicalizada?

Se dice que vivimos una nueva era en la práctica política, pero, ¿qué tan cierta es esta aseveración?
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En el 2016, la ‘posverdad’ cobró notoriedad luego de que fuera elegida como la “palabra del año” por el Oxford Dictionaries. Atrajo mucha atención en el contexto de las turbulentas y muy polarizadas elecciones en Estados Unidos, donde salió triunfante Donald Trump, y de la decisión sobre el Brexit en el Reino Unido. El mundo parecía estar experimentando una nueva forma de hacer política y de articular el debate público. O por lo menos eso era lo que quería expresar este concepto.

Oxford Dictionaries define a la ‘posverdad’ como un adjetivo que “relaciona o denota circunstancias en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a emociones o creencias personales”. Resulta muy fácil identificarse con este concepto, pues la gran mayoría de nosotros, en prácticamente todos los países del mundo, aseguraríamos que esa es la situación que vive nuestra política actual. Por eso, no es nada raro que los tiempos presentes se definan como una “Era de la posverdad”.

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Sin embargo, definir algo como “pos-” implica que se ha superado una situación anterior. Pero lo cierto es que, si uno lo piensa, difícilmente se puede afirmar que antes de la ‘posverdad’ nuestra política estuviera caracterizada por ser un régimen de la “Verdad”. Esto es válido incluso si se quiere referir a las dos formas de interpretar la “Verdad” en el ámbito político: como virtud moral (no decir mentiras; ser honesto) o como un atributo factual (algo que coincide con los hechos o con la realidad). En general, nuestros políticos ni hablan siempre con la verdad, tampoco les interesa describir el mundo tal cual es y ni siquiera están obligados a tomar decisiones basándose en conocimiento técnico o científico.

La ‘Verdad’ nunca ha sido una característica definitoria de la comunicación política. En todo caso opera en el nivel de las expectativas. La ciudadanía espera que sus políticos sean más honestos y hablen con la verdad. En el debate público se exige que los adversarios acudan a los hechos o a información verificable. Definitivamente se tiene la idea de que nuestras democracias serían mejores si la verdad prevaleciera; y también la noción de que la mentira, las noticias falsas y el debate pobremente argumentado las dañan. A pesar de ello, realmente es difícil sostener que antes de la “Era de la posverdad” nuestra política fuera muy distinta.

Contrario a pensar que es un fenómeno nuevo, me atrevo a decir que la ‘posverdad’ es un elemento constitutivo de la comunicación política y el debate público. No podría existir la política, en un sentido amplio, si en el espacio público todos siempre hablaran con honestidad, con evidencias y apelando a los hechos. Justamente puede ser política porque la ciudadanía persigue intereses variados, profesa creencias encontradas, asume valores asimétricos y aspira a horizontes distintos. Ante la enorme complejidad que surge de esa multiplicidad de perspectivas discordantes, no hay muchas alternativas de solución. En un país democrático, difícilmente se va a aceptar como legítima una salida autoritaria (imponer una perspectiva absoluta); pero tampoco es viable la deliberación eterna (hasta que se depuren todos los valores, sentimientos, rencores, intereses, etcétera, para llegar a una solución “objetiva”). Por ende, para los “grandes temas” de nuestras sociedades sólo nos queda decidir sobre la base de un cúmulo de medias verdades, creencias falaces, sentimientos arraigados y expectativas no cumplidas.

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Entonces, ¿qué es lo nuevo? ¿Qué expresa la ‘posverdad’? Definitivamente se puede abandonar la idea de que designa un fenómeno emergente dentro de la política contemporánea; mucho menos una nueva ‘Era’. No obstante, el concepto es de utilidad porque categoriza una serie de elementos de nuestra relación con la esfera política, y que antes tal vez pasaban desapercibidos. Ayuda a vislumbrar que no hay nada que obligue al debate público o a la toma de decisión política a orientarse por valores morales o factuales relacionados con la “Verdad”. De hecho, todo parece indicar que sucede lo contrario.

La política no necesita demostrar sus aseveraciones ni otorgar evidencia para operar. No tiene las mismas restriccciones estructurales que la investigación científica o el derecho penal. Tampoco requiere de virtud moral. Puede recurrir a la “Verdad” o a los “hechos” para construir su retórica – basta pensar en la discusión que hay en México sobre la política económica, el uso del PIB y la omisión del Bienestar -, pero sólo es un medio para una finalidad distinta: convencer al público para ganar influencia social en la toma de decisiones vinculantes. Al resto, las virtudes, los valores, los hechos y las pruebas que presentan los actores políticos, nos ayudan a observar lo que están dipuestos a comunicar y decidir para lograr ese cometido, y a partir de ello, tomar nuestras propias decisiones (por quién votar, a quién darle legitimidad, qué proyecto apoyar, etcétera).

Por tal motivo, más que hablar de una nueva época o de la configuración de formas políticas y sociales diametralmente diferentes, me parece adecuado pensar a la posverdad de una manera similar a como el sociólogo Anthony Giddens reflexionaba el concepto de ‘Posmodernidad’: no se trata del movimiento hacia una sociedad completamente distinta a la que conocíamos, más bien es la radicalización y profundización de procesos y fenómenos que ya traían una fuerte tracción sociohistórica.

Carlos Camp

Sociólogo

Fuentes

-Giddens, A. (1993). Consecuencias de la modernidad. Editorial Alianza.