Decisiones difíciles: la pandemia desde un punto de vista económico

Ante el falso dilema de salvar vidas o evitar el derrumbe de la economía, han surgido investigaciones que enfatizan la necesidad de políticas económicas y sanitarias articuladas para enfrentar la crisis.
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En vista de la crisis que actualmente padecemos en todo el mundo, ¿qué es más importante: salvar vidas o evitar el derrumbe de la economía? La gran mayoría de nosotros eligiríamos lo primero sin pensarlo dos veces: la economía va y viene, pero la vida tiene un precio invaluable.

Pareciera que a estas dos alternativas se ha reducido la difícil decisión que tienen que tomar los gobiernos en la actualidad, pues extender el confinamiento para evitar el contagio implica darle un duro golpe a la economía; y abrir las actividades para evitar el derrumbe económico implica aceptar un mayor riesgo de ampliación de la enfermedad. ¿Son estas las únicas dos alternativas que tenemos? No. O por lo menos, no es así de simple.

No podemos abordar este problema de una manera tan maniquea; o como si fuera un juego de suma cero, en el que, para salvar vidas, se tienen que sacrificar empresas, o viceversa. Hablamos de decisiones difíciles precisamente porque dentro de su complejidad hay efectos colaterales que generan paradojas: si se salva “demasiado” a la economía, haciendo caso omiso de la vida de las personas, entonces se termina golpeando a la economía desde otro frente; y a la inversa, si se radicaliza la salvaguarda de la vida, sin atender en lo más mínimo a la economía, entonces se termina por impactar la posibilidad de supervivencia de la gente.

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El mejor ejemplo de estas paradojas lo vimos en México, con los individuos para quien no existió – ni existe – la posibilidad de confinarse, pues hacerlo significaría “morir de hambre”. La cuarentena mitiga el riesgo de contagio, pero no el de la necesidad de salir a trabajar por un sustento. O bien, se puede poner el ejemplo de “reabrir demasiado pronto” las actividades económicas y detonar una segunda ola de contagios, que obligaría a un nuevo cierre de la Economía.

Lo que estas situaciones ilustran es que, en el contexto de una crisis sanitaria como la que vivimos, la política pública debe de articular el salvar la vida de las personas y la economía de una forma más compleja y profunda de lo que la intuición nos podría sugerir en primera instancia.

Pongámoslo en perspectiva macroeconómica. De acuerdo con información del Banco Mundial, se calcula que para este 2020 el PIB a nivel mundial tendrá una caída del 5.2 por ciento, aunque los efectos podrán sentirse por varios años en el futuro. Esta depresión será especialmente sensible en países con amplios sectores de informalidad, en el que se espera que hasta el 70 por ciento de las fuentes de empleo desaparezcan y millones de personas caigan en situaciones de extrema pobreza. Se generarían nuevas condiciones de vulnerabilidad y la supervivencia de millones de personas dependería de variables asociadas a la pobreza, más que al riesgo de contagio.

Algunos economistas han intentado calcular el costo de estas alternativas, sobre todo la relación entre los modelos epidemiológicos que enfatizan el distanciamiento social, la evolución del contagio y las interacciones con la economía en condiciones de confinamiento. En algunos casos, se ha encontrado que diferentes políticas públicas encaminadas a la contensión de la transmisión de la enfermedad, si bien logran mantenerla a raya, implican diferentes costos económicos; incluso en casos de distintas políticas que conllevan el cierre de actividades.

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En ese sentido, se pueden encontrar diseños más equilibrados en el intercambio de riesgos económicos por riesgos sanitarios – o viceversa -, de tal manera que la interacción entre política sanitaria y económica sea más óptima. Se busca responder a la pregunta sobre cuál es el modo para conseguir que se mitigue la transmisión de la enfermedad al menor costo económico posible. O bien, entender el impacto económico a medida que aumenta el grado de restricción de la política sanitaria sobre la actividad productiva.

En otros casos, se evalúan diferentes escenarios en términos macroecónomicos. En un escenario, se calcula que un año de confinamiento crearía una recesión de 22 por ciento en el PIB de Estados Unidos, lo que equivaldría a un costo de 4.2 billones de dólares. En cambio, en el otro escenario, se calcula que sin ninguna clase de medida de confinamiento, el PIB de aquel país se contraería sólo un 7 por ciento, pero al costo de alrededor de 500 mil vidas más que en el escenario uno, lo que equivaldría a una pérdida de 6.1 billones de dólares, si se le da un valor a la vida como capital humano.

Estamos, pues, ante un panorama de decisiones difíciles, pero con amplios márgenes para maniobrar en el diseño de políticas públicas que articulen más finamente la dimensión sanitaria y económica, mucho más allá del falso dilema entre salvar vidas o salvar a la economía.